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Los Pomporera

Los Pomporera

Editorial: SudamericanaI.S.B.N : 9500719924 Clasificación:Infantil y Juvenil » Entretenimientos » GeneralesFormato: LibrosDisponibilidad: Pedido especialPáginas:32Publicación:01/05/2001 | Idioma:Español
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Datos Principales
Contratapa: Yo tenía una torre de chocolate con campanas de azúcar ¡Qué disparate! Estos poemas anónimos de la lengua española fueron buscados en el recuerdo personal, familiar y de la comunidad. Tarea emotiva y juguetona que nos ayuda a conocernos de otra manera. Ahora vuelven para los niños. La ronda nunca se acaba. Nunca se apaga. Laura Devetach nació en Reconquista, Santa Fe. Estudió Letras en Córdoba. Publicó para los chicos y grandes. Fue docente, investigadora, y autora de teatro y televisión. Por Monigote en la arena recibió el Premio Casa de las Américas e integró la Lista de Honor del IBBY. Obtuvo premios del Fondo Nacional de las Artes y la Octogonal, del Centro Internacional de Estudios de Literatura Infantil en Francia. En esta editorial ha editado El ratón quería comerse la luna, La loma del hombre flaco, Canción y pico y El enigma del barquero. María Rojas nació en Buenos Aires en abril de 1970. A los trece años gano su primer concurso de manchas. Egresada de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredon, se dedica a los libros para niños. En esta editorial ilustró El enigma del barquero, Lo que cuentan los tobas y numerosos títulos de la colección Cuentamérica. Su trabajo para le árbol de los flecos fue distinguido por ALIJA y recibió una Mención de Honor en el concurso Figures Futur (Montreuil, Francia) en 1996.
Seguramente, mientras yo nacía un 5 de octubre de 1936, mi mamá trabajaba atendiendo el notorio arribo y a la vez pensaba si mi abuela podría darse vuelta sola en la casa con tanto trajín. Seguramente lloraba al verme así, toda recién nacida y tan gritona y pensaba en mi nombre, mientras también pensaba en el almuerzo de mi papá. Mientras escribo esto y tomo un mate con peperina y espero que vengan a retirar un paquete de una editorial y en el horno se dora una calabaza cortada en rodajas, a la manera de mi abuela, quiero compartir los mientras. Porque para mucha gente son una forma de vida, sobre todo si se es mujer, se trabaja con chicos y a una se le da por ser artista. Mi vida tuvo, entre otras, dos facetas bien marcadas: la de laburante y la de artista. Muchos creen que quien anda escribiendo, pintando o cantando, muy laburante no es, porque el de artista no es trabajo. A veces se dio la buena y una pudo hacer un poco de televisión, teatro y libros. Otras veces, las más, fue el momento de los mientras, Mientras soy docente, cuido de la familia, hago notas periodísticas o talleres, puedo también ser artista. Me recibí de maestra con guardapolvos de tablas impecables y buenas notas. En 1956 fui a trabajar a un pueblo del norte de Santa Fe. Tenía un segundo grado con 56 alumnos que oscilaban entre los siete y los diecisiete años. Daba clases, según el día, en la sala de música, en ritmo de Febo asoma, o en una iglesia vieja que se había convertido en palomar. Y las palomas eran comilonas. Y nosotros estábamos abajo. En esa época escribía lo que me saliera en papelitos sueltos o en un cuaderno de tapas duras que después se me perdió. Los papelitos jamás se pierden. Estudiaba Letras en Córdoba, así que viajaba casi veinticuatro horas para rendir. Eso no le gustaba nada al director. Mis alumnos trabajaban casi todos en la cosecha del algodón y de la caña. Y nosotros teníamos la obligación de darles deberes. Un día reté a un gordito de rulos por no cumplir. Yo los perseguía, porque una maestra de verdad tenía que ser severa, qué tanto. Pero el gordito me dijo: ¡Qué deberes! Yo trabajo en el campo. A la escuela hay que venir a descansar. Entonces inauguré los cuentos. Pero no podía usar la biblioteca porque el diré decía que los libros se gastaban. Llevé mis libritos de infancia, muchos, queridos, ajados. También les pedí a los chicos que contaran los cuentos que sabían. Y ese contar fue glorioso porque salieron el lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos varios, adulterios en la familia, canciones de Italia, refranes, oraciones. Nuestro pizarrón era la tierra del patio o la arena. Aprendí mucho. El guardapolvo planchado se me fue derritiendo con el viento norte y algunas lágrimas. A los chicos les dejé mis libros de infancia. Me fui a Córdoba a terminar los estudios. Allí vinieron amigos, amores, hijos, profesión. Movidas y ricas épocas de final de los 50, 60 y 70 durante los que la vida de artista se encontró a veces con la del trabajo, y dar clases en la universidad significó para mí poder montar una obra de teatro. Pero el panorama político venía complicado. En los 70 actuaban las Tres A y ya había personas muertas y desaparecidas. En 1976 llegó el golpe militar con más desapariciones de personas, quemas y prohibiciones de libros y manifestaciones artísticas, gente que se exiliaba. Con mi familia nos trasladamos a Buenos Aires. Cada lugar en que viví me dio lo mejor que tenía, se metió en mis libros sin permiso. También están las marcas de la historia en todos los que escribimos durante esas épocas, aunque no se hayan mencionado siquiera las palabras proceso militar. Quizás alguien debiera investigarlo alguna vez. Hoy trabajo desde cada lugar para que todos podamos leer más cuentos, novelas y poemas, es decir ficción y poesía, porque estoy convencida de que esta práctica agiliza otras formas de conocer y de pensar. En la ficción y en la poesía hay, además de ideas, nociones, sensaciones, emociones, que pueden llevarnos a leer y sentir la realidad de otra manera. A veces, a ver lo que no vemos y sin embargo está ahí.